HONDURAS: UNA ELECCIÓN CON AROMA HISTÓRICO

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Presidente de Consulta-Mitofsky, actuario y matemático por la UNAM, con maestría en estadística y actuaría en el CIESS, y diplomados en análisis político, en alta dirección empresarial y en mercadotecnia, entre otros. Imparte cursos de estadística, de matemáticas y de mercadotecnia política en varios países, conferencista permanente sobre temas relacionados a la investigación, la política y a los medios de comunicación.

Honduras se encamina a una elección presidencial que podría marcar un antes y un después en su historia política: la posibilidad de que una mujer entregue la banda presidencial a otra mujer.

Xiomara Castro, la primera Presidenta del país, llega al final de su mandato con un capital político que, aunque erosionado por los desgastes naturales del poder, le permite conservar influencia en la definición de su sucesión.

Castro, surgida del Partido Libertad y Refundación (Libre), logró -en 2021- una victoria que rompió más de un siglo de hegemonías masculinas en la Presidencia.

Su gestión ha estado marcada por un estilo personal de gobierno y por una narrativa de cambio estructural, pero también por la dificultad de cumplir con expectativas muy altas en un país golpeado por la pobreza, la violencia y la migración.

Hoy, a las puertas de un nuevo proceso electoral, el oficialismo apuesta por dar continuidad a su proyecto con una candidata afín, que representa tanto el legado político como la agenda social impulsada en estos años.

Enfrente, la oposición —fragmentada en los primeros meses tras la elección anterior— ha logrado reorganizarse alrededor de Richie Moncada, figura que ha crecido en posicionamiento mediático y que, según encuestas como las de TRS, mantiene hasta ahora una ventaja significativa frente a sus competidores.

Esa ventaja no es sólo producto de la coyuntura electoral, sino de un ambiente en el que el “cansancio” ciudadano hacia el gobierno se mezcla con un anhelo de alternancia.

El oficialismo enfrenta un doble desafío: evitar que la elección se convierta en un plebiscito sobre Xiomara Castro y al mismo tiempo, mantener movilizada a su base electoral.

En términos estratégicos, buscarán ligar la imagen de su candidata a los avances logrados en programas sociales y en presencia internacional, mientras tratan de contener los impactos negativos de las críticas sobre seguridad y economía.

El margen de maniobra no es amplio: cualquier crisis, incluso menor, podría erosionar la competitividad de su abanderada.

Para la oposición, la oportunidad es clara pero no exenta de riesgos. Capitalizar el deseo de cambio implica ofrecer un discurso renovador que evite caer en polarización excesiva, especialmente en un país donde los clivajes ideológicos han sido utilizados con fuerza en campañas pasadas.

Moncada, hasta ahora, ha mantenido un perfil que combina críticas puntuales con propuestas en materia de empleo, seguridad y transparencia, intentando proyectarse como alternativa viable más que como simple “contrapeso” al oficialismo.

Si los sondeos actuales se confirman y la contienda mantiene esta dinámica, Honduras podría presenciar, por primera vez en su historia, un relevo presidencial entre dos mujeres.

Ese hecho, por sí solo, abriría un nuevo capítulo en la representación política de género en Centroamérica y podría tener un efecto simbólico más allá de sus fronteras.

Sin embargo, el camino hacia esa eventualidad estará marcado por una competencia intensa, campañas cada vez más personalizadas y un electorado que ha demostrado en el pasado que su voto puede cambiar en las últimas semanas.

Lo único seguro, por ahora, es que la elección hondureña no solo definirá quién gobernará los próximos cuatro años, sino también el tipo de país que la ciudadanía quiere construir en un momento de transición política y social.

Entre la continuidad y el cambio, entre la historia y la incertidumbre, Honduras se prepara para una jornada que ya huele a capítulo especial en sus crónicas electorales.

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