LA MANUFACTURA DEL DISENTIMIENTO

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El populismo de izquierda busca polarizar entre el pueblo y el poder económico; responsabiliza al neoliberalismo del deterioro de las clases trabajadoras

Desde el inicio de la Guerra Fría, el Occidente utilizó los medios de comunicación para generar un consenso sobre los beneficios del capitalismo y para demonizar cualquier crítica a este sistema económico.

Esto lo expusieron Noam Chomsky y Edward S. Herman en su trabajo seminal “La manufactura del consentimiento” (1995); sin embargo, al ver que esta ideología se ha comenzado a erosionar, los poderes oligárquicos han abierto un frente para alentar la división entre las clases populares y medias; a esto le llamaremos la manufactura del disentimiento.

La manufactura del disentimiento busca evitar un frente popular en contra de intereses corporativos; estas intervenciones se han intensificado a partir de la crisis financiera de 2009, que vio nacer a movimientos como Occupy Wall Street.

Curiosamente, este disentimiento se administra a través del mismo populismo que las élites alguna vez criticaban; el populismo reaccionario —de derechas—, que se asemeja demasiado al fascismo de principios del siglo XX.

Para comprender el populismo tenemos que asimilar el contexto económico donde — según Oxfam— el 1% de las personas más acaudaladas del planeta concentran más riqueza que el 95% más pobre. De los malestares causados por esta concentración de riqueza surgen dos corrientes importantes de populismo: el populismo reaccionario de las derechas y el populismo progresivo o económico, de las izquierdas.

Según el activista Jonathan Smucker, los populismos comparten un objetivo: movilizar a una masa crítica para desafiar la estructura de poder. Smucker relata que hay dos pilares en la retórica populista: el pueblo y las élites; este discurso ha encontrado resonancia debido a que las élites – sean conservadoras o liberales- se han distanciado de las clases trabajadoras. Lo que distingue a cada populismo es cómo estos respectivamente definen y representan el “pueblo” y la “élite”.

El populismo de izquierda busca polarizar entre el pueblo y el poder económico; responsabiliza al neoliberalismo del deterioro de las clases trabajadoras. Este populismo articula un “nosotros” incluyente; sin importar raza, religión, género, o nacionalidad.

El populismo reaccionario funciona como agente de las élites económicas. Liderazgos como el de Trump o Milei, evitan la crítica al poder económico. El populismo reaccionario busca dirigir el enojo de la clase trabajadora hacia minorías, presentándose como una amenaza para el pueblo.

Al culpar a migrantes y minorías por los problemas del pueblo evitan que el voto sea una lucha de clases, y promueven que el voto sea una lucha cultural. Estas campañas utilizan mitos y fobias sociales que buscan generar miedo, ansiedad y enojo; así es como se manufactura y manipula el disentimiento.

En los Estados Unidos, según la doctrina MAGA, la mayor amenaza para la clase trabajadora son los inmigrantes, sean legales o indocumentados. Poniendo esto en perspectiva, la estigmatización de los inmigrantes aliena a cerca del 20% de la mano de obra en los Estados Unidos; divide et vinces.

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