MEL ZELAYA, CRÓNICA DE UN GOLPE DE ESTADO

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28 de junio de 2009. La madrugada apenas rompe el silencio en Tegucigalpa cuando un grupo de militares encapuchados irrumpe en la Casa Presidencial. Sin órdenes legales, pero con armas. No tocan la puerta, la balean y derriban. Así comienza el capítulo más oscuro de la democracia hondureña en el siglo XXI.

Manuel Zelaya Rosales, presidente en funciones, fue sacado en pijama, despojado de su cargo y expulsado del país en un avión militar rumbo a Costa Rica. La escena, que bien podría parecer de ficción, ocurre bajo la luz del día y ante el asombro del pueblo hondureño y de la comunidad internacional.

“La historia no se calla, aunque la quieran silenciar a balazos”

Escribe el propio Zelaya en su libro El Golpe 28J, escrito junto a Rixi Moncada, entonces ministra de Energía, una de las voces más firmes en la resistencia y hoy candidata presidencial del partido Libre (Libertad y Refundación). No es un simple relato; es la bitácora de los vencidos que no se resignan.

La consulta que incomodó a la oligarquía

El golpe nunca fué algo improvisado. Durante muchos meses, las tensiones políticas se fueron acumulándo tal como si fueran nubes de tormenta sobre La Casa Presidencial. Zelaya, que había llegado al poder como un liberal moderado, comenzó a transitar un camino inesperado: su participación en la Alianza Bolivariana (ALBA) bloque de izquierda encabezado por Hugo Chávez; varias reformas sociales y un discurso más cercano a los movimientos populares.

El punto de quiebre fue la propuesta de una consulta popular para ese mismo 28 de junio, donde se preguntaría al pueblo hondureño si deseaba incluir una cuarta urna en las elecciones generales de noviembre. En dicha urna, el mismo pueblo decidiría si convocar o no a una Asamblea Nacional Constituyente.

“No querían la Constituyente, porque temían que el pueblo escribiera su propio destino”, sentencia el primer caballero de Honduras (esposo de Xiomara Castro, actual presidenta de ese país). Los sectores conservadores, la oligarquía empresarial, la jerarquía eclesiástica y la clase política neoliberal vieron en esa consulta un intento de perpetuación en el poder, aunque Zelaya lo negó tajantemente.

La Corte Suprema de Justicia, el Congreso Nacional, el Tribunal Supremo Electoral y la cúpula militar declararon ilegal la consulta y exigieron su cancelación. Zelaya, sin embargo, ordenó distribuir el material electoral y continuar el proceso, lo que derivó en la insurrección de las fuerzas armadas, de las cuales era el comandante, y la conspiración en su contra.

El amanecer, una fuerza sobre el derecho

Cuando el reloj marcó las 5:30 de la mañana, el golpe ya estaba en marcha. Las Fuerzas Armadas no esperaron la luz del día. Irrumpieron con violencia en la residencia presidencial y capturaron a Zelaya mientras aún dormía.

“Me apuntaban a la cabeza, me gritaban que no me moviera. Yo les pedía que respetaran la Constitución, ellos solo gritaban órdenes”, narra el expresidente.

Lo subieron a un avión de la Fuerza Aérea, sin proceso judicial, sin orden de aprehensión, sin defensa, sin derechos. Bastó un albazo en el congreso para decidir su suerte. Desde el aire, el mandatario observó su país, ahora secuestrado por quienes juraron defenderlo.

En Tegucigalpa, el Congreso Nacional sesionaba con premura. En cuestión de horas, se leyó una supuesta carta de renuncia de Zelaya —que él mismo negó haber escrito— y se nombró como presidente interino a Roberto Micheletti, líder del mismo Partido Liberal que traicionó a Zelaya. “Un golpe dentro del propio partido”, lo calificaría Moncada.

Los medios de comunicación independientes fueron silenciados. Las señales de radio y televisión críticas al régimen fueron interrumpidas. El internet cayó en buena parte del país mientras el Estado se replegaba sobre sí mismo, cancelando los derechos ciudadanos so pretexto del orden.

En las calles, la gente despertaba atónita. Algunos medios intentaron justificar la acción militar con el eufemismo de una “sucesión constitucional”, pero la realidad era otra: el presidente había sido depuesto por la fuerza.

El despertar popular y la resistencia

Horas después del golpe, las calles comenzaron a llenarse de ciudadanos indignados. Frente a Casa Presidencial, en las plazas, en las comunidades rurales, la gente salió con banderas y consignas:

¡Mel no está solo!
¡Queremos la Constituyente!
¡Fuera los golpistas!

Así nació el Frente Nacional de Resistencia Contra el golpe de Estado. Campesinos, maestros, estudiantes, mujeres, obreros, iglesias progresistas y movimientos indígenas formaron la columna vertebral de la resistencia pacífica.

“Se tomaron las carreteras, se organizaron marchas y asambleas populares. Honduras perdió el miedo”, relatan Zelaya y Moncada.

Pero el régimen respondió con represión: detenciones arbitrarias, golpizas, desapariciones y asesinatos. La Comisión Interamericana de Derechos Humanos y Amnistía Internacional documentaron graves violaciones. Según cifras independientes, más de 1,200 personas fueron detenidas en las primeras dos semanas posteriores al golpe.
Aun así, el Frente no retrocedió. Durante 2009 y 2010, las movilizaciones no cesaron, ni siquiera cuando Zelaya, en septiembre de 2009, regresó clandestinamente a Honduras y se refugió en la embajada de Brasil.

El aislamiento internacional y la soledad del país

El golpe no pasó desapercibido para la comunidad internacional. La Organización de Estados Americanos (OEA) suspendió a Honduras de manera inmediata. La ONU condenó el derrocamiento. Gobiernos de toda América Latina —incluso algunos cercanos a Washington— rechazaron el quiebre constitucional.

Estados Unidos, por su parte, jugó un papel ambiguo. Mientras condenaba públicamente el golpe, evitó sancionar al nuevo régimen, permitiendo con ello la usurpación.

Honduras quedó aislada: sin acceso a créditos internacionales, con suspensión de tratados y sin reconocimiento oficial de su gobierno de facto. El golpe tuvo un costo económico y social que el país aún no termina de pagar.

La memoria del golpe: una herida abierta

Una década después, Zelaya y Moncada escriben El Golpe 28J, un relato que no pretende gloria, sino memoria. “Escribimos esto para que no se repita. Para que las nuevas generaciones sepan lo que ocurrió cuando Honduras fue secuestrada por el miedo”, señala Moncada en el prólogo.

El libro relata con detalle cada momento: desde las reuniones previas al golpe hasta el aislamiento en la embajada brasileña. En 2025, el libro fue incorporado como lectura obligatoria en el sistema educativo hondureño, dentro de la Cátedra Morazánica.

El decreto que ordenó su distribución generó controversia: para algunos padres y sectores políticos, es un intento de adoctrinamiento; para otros, es una forma de que los jóvenes no crezcan en la ignorancia histórica.

Dieciséis años después, una nueva página por escribir

Han pasado dieciséis años desde aquella madrugada en la que los fusiles hablaron más fuerte que las urnas.

El 28 de junio de 2025 encuentra a Honduras en una encrucijada histórica: el país sigue dividido, pero el mapa político ha cambiado.

Manuel Zelaya, el derrocado, ya no es el protagonista directo del poder, pero su legado persiste en el partido Libre, que hoy gobierna el país con Xiomara Castro, la primera mujer presidenta y su compañera de vida y lucha.

Y ahora Rixi Moncada —coautora del libro, abogada de la resistencia y víctima del golpe— es quien busca liderar el siguiente capítulo de esta historia.

Candidata presidencial por Libre, Moncada representa la continuidad de aquel movimiento que nació en las calles, pero también el desafío de gobernar un país todavía marcado por la desigualdad, la violencia y la desconfianza.

El golpe del 28 de junio no solo destituyó a un presidente: intentó clausurar un proyecto político, un modelo de país diferente. Pero dieciséis años después, ese proyecto sigue vivo.

El 28J no se olvida porque sigue ocurriendo en cada injusticia, en cada intento por silenciar la voz popular y en cada lucha por la soberanía nacional.

La historia aún no termina. Y tal vez, el próximo capítulo lo escriba quien fue testigo directo de aquel oscuro amanecer: una mujer que, no ha parado de luchar para que la democracia hondureña no vuelva a ser interrumpida jamás, consolidar un proyecto y hacer historia, al ser el primer país en tener dos presidentas mujeres de manera consecutiva.

“Podrán quitar gobiernos, pero no pueden borrar la dignidad de un pueblo que decidió levantarse”.

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