VIENTOS RENOVADOS PARA EL VATICANO: ASÍ SE ELIGIÓ AL NUEVO PAPA

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Tras la muerte del papa Francisco I, ocurrida el pasado 21 de abril, la feligresía católica y los curiosos tardaron más de dos semanas en contemplar el humo blanco salir de la Capilla Sixtina, símbolo inequívoco de la elección del nuevo papa León XIV y de vientos renovados para la Iglesia católica universal. Los medios de comunicación se apresuraron a informar del hecho, y la noticia de la elección de un nuevo pontífice continental llegó a todos los rincones del globo. Pero ese humo era el resultado del proceso de elección más resguardado del mundo, cuya señal distintiva es precisamente el humo proveniente de la quema de papeletas dentro de la Capilla Sixtina.

El cónclave

Las reglas papales datan del año 1059, bajo el pontificado de Nicolás II, quien promulgó un decreto que articulaba el proceso de elección y establecía el papel de los cardenales dentro del mismo, consecuencia de la pugna político-religiosa que representaba la batalla por el trono de San Pedro. Con la muerte de Francisco I, los cardenales de todo el mundo se vieron obligados a asistir a la elección, salvo por razones de salud o por haber superado los 80 años de edad. En este último cónclave se reunieron 135 integrantes del Colegio Cardenalicio, bajo reglas electorales que han evolucionado con el tiempo. En 1179, con una mayoría de dos tercios, fue instaurada la organización cardenalicia. El número de integrantes del colegio pasó de 30 a 70 en 1589 y, más de cuatro siglos después, el Papa Pablo VI lo aumentó a 120. Desde entonces, el número ha seguido creciendo con cada papado.

En esta ocasión, la Capilla Sixtina se convirtió en zona de presión atmosférica inestable: los bloques ideológicos se tensaban sin que emergiera un claro favorito. En la última elección, los 135 cardenales podían votar y también ser elegidos. Al llegar a Roma, se les asignaba una iglesia que administraban de forma temporal y es ahí donde comenzaba a conocerse de ellos, a través de las misas y la difusión que los feligreses hacían de ellas en redes sociales. Ya decretado el cónclave, los cardenales permanecieron encerrados en la Capilla Sixtina hasta la elección del nuevo Papa León XIV, jurando guardar silencio absoluto; romper esta regla implica el riesgo de excomunión.

La preparación de las papeletas implica una sistematización que abarca su distribución, llenado, la designación de recolectores y la conformación de una mesa de escrutinio. El primer día se celebró una votación inicial, que pasó por el post escrutinio, donde los votos fueron tabulados y posteriormente quemados. Durante esa, y las siguientes votaciones, surgieron tres grupos claramente definidos: Por un lado, el grupo reformista, heredero del legado de Francisco, que defiende una Iglesia abierta, comprometida con los derechos humanos, la justicia social y la lucha contra la desigualdad. En su visión, la Iglesia debe caminar junto a los pueblos, especialmente en el hemisferio sur. Los jesuitas, orden del Papa Francisco, lideran esta corriente, cuya influencia es tanto moral como política. En este bloque se percibía una ola de calor político: avanzaban con entusiasmo, aunque sin mayoría.
En el extremo opuesto, el grupo conservador, compuesto en su mayoría por cardenales europeos y africanos, defiende el peso de la tradición como bastión frente a la creciente secularización del mundo. Miraban con escepticismo los gestos de apertura del pontífice anterior y temían una erosión de la doctrina. Para ellos, el papel de la mujer, la bendición de parejas no convencionales, o las reformas litúrgicas, no eran simples ajustes, sino señales de una posible desviación. La incertidumbre se cernía sobre sus posibilidades, sin perder influencia pero sin lograr posicionarse. Y, sin embargo, en medio de esta pugna emergió una tercera fuerza: el grupo centrista. Ni completamente reformista ni totalmente conservador y más numeroso, propone una vía intermedia. El bloque centrista considera urgente que la Iglesia responda a los signos de los tiempos, pero sin renunciar a su identidad doctrinal. Ven en la moderación una vía de unidad, estabilidad y una herramienta de liderazgo global. Fue dentro de este clima de tensiones contenidas y expectativas desbordadas que emergió el nombre de Robert Francis Prevost, un agustino nacido en Estados Unidos, con años de misión en América Latina y experiencia en Roma como prefecto para los obispos. Su estilo sobrio, su mirada pastoral y su habilidad conciliadora lo convirtieron en el punto de encuentro entre las vertientes pastorales. Con cielo nublado pero sin rechazo evidente, Prevost avanzó con paso firme hacia el consenso. La fumata blanca emergió al final del segundo día. La multitud estalló. El cardenal más anciano se asomó al balcón y pronunció la frase más esperada en latín: Habemus Papam.

“Dios os ama a todos y el mal no va a prevalecer”

El nuevo líder eligió llamarse León XIV, evocando una figura histórica de firmeza doctrinal, pero también consciente de que su misión apenas comienza: reconducir la barca de Pedro entre la tradición y el cambio. Hoy, el Vaticano vive con sol radiante. La elección fue bien recibida, sin escándalos ni fracturas internas. Prevost emergió como el punto de equilibrio entre los reformistas, herederos del espíritu franciscano, y los conservadores, guardianes de la tradición doctrinal. No era el favorito de nadie, pero tampoco el enemigo de ninguno. Un fenómeno de cielo despejado, en quien todos podían proyectar algo de su visión sin generar ruptura. En la Capilla Sixtina, los cardenales lo vieron como la figura capaz de guiar a la Iglesia con humildad, sin polarización y con los pies en la tierra.

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